Desde la ventana de mi oficina se pueden ver muchas cosas. Más cosas uno puede llegar a imaginarse si por un par de minutos se abandona a esa extraña actividad inconsciente o no, origen y fundamento de cualquier cosa creada por el hombre. La imaginación, a estas alturas, responde no estoy seguro si a una motivación calculada, o es el efecto de largas horas que van llegando a su fin y exigen la desintoxicación del final de la jornada. No entraremos en demasiados análisis explicativos o interpretativos, ni mucho menos. A decir verdad, la ventana cumple su objetivo y las siluetas inanimadas y externas jamás se percatarán de mi presencia, menos aún les podrían interesar los motivos por los cuales me las imagino. Ahora con otras formas y colores.
El monitor hace las veces de trampolín. Un poco mas allá la herida de la pared entreabierta que pinta en sus extremos colores fucsia y violáceos. Colores del final de la tarde. El exterior se me ofrece en esta ocasión así, entrecortado, segmentado, dividido, fracturado. Si logro superar este momento, tal vez ya me he ido. Si, creo que ya me fui. Aunque me miro, a través de la ventana de mi oficina, desde donde se pueden ver muchas cosas.

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