Francisca

Ella colgaba todas las mañanas plantitas en las puertas de las casas del barrio. Amanecía muy temprano y recogía unas cuantas hojas desparramadas en las baldozas del patio decorado en el centro con un viejo aljibe. Seco hacía ya muchos años, allí quedaron guardadas varias tardes de domingos de patio poblado de gente, de mates que iban y venían, y voces que de a poco fueron silenciándose. El aljibe era tal vez la casa. Y la casa a su vez era el aljibe. Lo cierto es que Francisca solía acercarse con pasos lentos hasta allí, y revivir apenas un pellizco de aquellos años pasados. Después abría los ojos. Y era Francisca. Nada mas que Francisca y el aljibe, mezquino, egoísta. Aljibe cofre y cementerio. La muerte se ocultaba ahí, decían las viejas del barrio.
Las plantitas en las puertas eran obra de Francisca. Las plantitas revivían cada nuevo día. Y Francisca nacía miles de veces cada mañana en su patio. Con aquel aljibe casa, esa casa aljibe. Pasos lentos que la llevaban hoy a florecer en una baldoza. Y ahora en otra. Acercándose al mezquino y egoísta cofre de recuerdos. Aljibe cementerio de unas cuantas vidas. Abrió los ojos. La muerte se ocultaba ahí. Las viejas tenían razón. Las plantitas se marcharon con Francisca. Y el barrio amaneció en otoño.

2 comentarios:

*MeL* dijo...

Edu... me encantó este texto, es hermoso...

Te mando un abrazo...

Mel.-

Agostina dijo...

Y el barrio amaneció en otoño...